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Útiles de tipología inferopaleolítica o musteriense
han sido hallados en algunos lugares del concejo, como pico Castiellu
o Peñerúes, denunciando una temprana presencia humana.
En la cumbre del Monsacro y en algunas de sus estribaciones se localizaron
varios túmulos y un hacha pulimentada, obra de pastores neolíticos
que colonizaron estos territorios. De época posterior, sin mayor
precisión a falta de excavaciones, es el castro del Pico Llera,
en la parroquia de San Esteban. Más interesante resulta una lápida
localizada en la falda del Monsacro hacia 1800, y llevada hasta Castandiello,
de donde en 1956 pasó al Tabularium Artis Asturiensis. Se trata
de una estela funeraria en la que aparece citado un grupo gentilicio,
la gente Abilicorum. Las gentilidades eran organizaciones basadas en el
párentesco, características de los astures prerromanos de
la zona central y oriental. Tanto los nombres del dedicante Tiogilo, como
los del difunto Vianeglo y su padre Segeo, que aparecen en la lápida,
son prerromanos. Pone ello de relieve como en época de la dominación
romana seguían vigentes algunas formas de organización indígena,
quizás aprovechadas por los romanos en su esquema de organización
administrativa y territorial.
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Existen referencias a otros hallazgos, hoy perdidos, y a legendarias acciones bélicas relacionadas con las luchas contra los romanos que carecen de toda base histórica o documental. También envuelta en la leyenda aparece la vinculación del Monsacro a los primeros años del Reino de Asturias. Una tradición, documentada a partir del siglo XI, refiere como el Arca Santa, conteniendo numerosas reliquias, había sido trasladada desde Jerusalén a Toledo a comienzos del siglo VII, para evitar que cayera en manos paganas. Un siglo después, tras la invasión musulmana, los cristianos huyeron con ella a Asturias, guardándola en una cueva en lo alto del Monsacro, donde permaneció hasta su traslado por Alfonso II a la capilla de San Miguel, a comienzos del siglo IX, capilla que seria por ello conocida como Cámara Santa. Diversas versiones de este relato, con evidentes contradicciones históricas, se documentan desde finales del siglo XI, recogiéndose una de ellas en el Liber Testamentorum, redactado a comienzos del siglo XII bajo la dirección del obispo Pelayo. La difusión de esta historia generó un movimiento peregrinatorio subsidiario desde Oviedo hacia la cima del Monsacro, ya que la estancia durante un siglo en ese lugar de las sagradas reliquias contenidas en el Arca había transmitido a la tierra y, por extensión, a todo el monte, el carácter de sagrado, razón por la cual los romeros sacaban tierra del pozo llamado de Santo Toribio. Ello no se contradice con que el monte tuviera ya con anterioridad cierto carácter de sacralidad, pues es sabido que en la religión antigua los montes eran divinizados. De hecho, el nombre del Aramo, del que el Monsacro es una estribación, es un teónimo que seguramente designaría a un monte o a un pico determinado y que luego se extendió a todo el cordal. De todas formas, la opinión de que las capillas habían sido levantadas sobre un dolmen preexistente, como forma de cristianizar un lugar pagano, carece de fundamento según excavaciones realizadas hace una década. La construcción de las dos capillas se debe relacionar con la existencia de un movimiento peregrinatorio, al igual que el establecimiento de una comunidad de monjes en la cima, en 1.158, a los que el rey Fernando II y su hermana Urraca conceden el coto de "Monte Sacro". En 1012, la condesa Mumadonna donaba a la Iglesia de Oviedo, entre otros bienes, la villa de Argame.
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Otro documento del archivo catedralicio ovetense, citado por Ciriaco
M. Vigil y no conservado, señala que en 1.125, el arcediano Pedro
Annaiaz concedió a San Salvador de Oviedo la ig lesia de San Miguel,
el monasterio de Argame y el de Santa Eulalia con la villa de Morcín,
y las villas de "Castandello, Villare, Rozadas en plano de Morcín;
en Peñanes la iglesia de San Juan, y la villa de Foz en el valle
de Riosa", base sin duda del señorío jurisdiccional
que el Obispo y San Salvador de Oviedo ejercieron sobre el concejo de
Morcín hasta el último cuarto del siglo XVI, exactamente
1579, año en el que los vecinos se redimieron en el marco de la
desamortización realizada por Felipe II con autorización
papal. Un documento de 1382 da cuenta de ciertas intromisiones y violencias
cometidas por autoridades y vecinos de Oviedo en el coto de Morcín.
La capital del Principado pretendió comprar el coto antes que los
vecinos, alegando que allí habían estado las sagradas reliquias.
El torreón de Peñerúes se supone haya sido una antigua torre defensiva que protegería esta vía de acceso al centro, a caballo entre el río Trubia y el Nalón. Los Argúelles se inmiscuirán numerosas veces en los asuntos de Morcín, de lo que protestarán los vecinos ante el corregidor y otras autoridades. La capital del concejo estaba entonces en Pola de Castandiello, pasando a Santa Eulalia en 1939. A mediados del siglo XIX, una amplia franja de terreno que se extendía a lo largo de Morcín y Riosa pasó por Real Decreto a pertenecer a la Fábrica de Armas de Trubia, para asegurar el suministro de carbón. El combustible era transportado en carros del país por un camino que seguía la orilla izquierda del Caudal, atravesando luego hacia Trubia por el cordal de Peñerúes. Las concesiones mineras fueron vendidas en pública subasta en la primera década de esta centuria, continuando la explotación minera hasta la actualidad. Ello contribuyó a que Morcín participara de forma activa en los movimientos sociales que han sacudido a Asturias a lo largo de este siglo. |